15.-DISCIPULADO INFANTIL
- Arnoldo Rincón. Ph.D.
- 2 ago 2023
- 6 Min. de lectura
Las Misiones nos mueve a ser buenos "discípulos" de Jesús y a "hacer discípulos" para El. Dentro de esta perspectiva misionera, la formación tiene una importancia decisiva, pues es la que más acompaña la maduración misionera de los niños y de sus animadores.
Con la formación misionera se consigue que tengan mentalidad, convicciones y criterios misioneros. Así les ayudamos a que "sean", "vivan" y "obren" como verdaderos misioneros, siempre, en todas partes y para el mundo entero.
Con la formación misionera se consigue cada día más mentalidad, criterios, conocimientos y otros elementos necesarios para cumplir su propia misión en la Iglesia y en el mundo, partiendo de sus propios microespacios. La formación misionera nos exige sintonizar con la Pedagogía de Jesús y aprovechar tanto la experiencia de la Iglesia como los aportes de las Ciencias de la Educación. Nos exige, además, atender a las mismas necesidades de los niños y de la misión.
¿Cómo hizo Jesús para formar a sus Apóstoles y discípulos?
El mismo Jesús, que ayudó a Pedro, a Mateo y a Pablo, entre otros es el que enseña y forma, con la misma pedagogía, a los niños hoy.
¿Podemos ayudar a Jesús en la formación misionera que quiere dar a los niños y cómo? Obviamente es un ministerio más que ayudar, pues es Él quien nos ayuda. Ya quedando claro lo anterior, cuando leemos la gran comisión de nuestro Señor Jesús, rara vez incluímos en nuestro pensamiento la necesidad de alcanzar a los niños de nuestra sociedad. Sin embargo si lo leemos con cuidado, y consideramos la disposición de Cristo para con los más pequeños que nos muestra el resto de la Escritura, nos veremos obligados a enfrentar el problema.
Dejen que los niños vengan a Mí; no se lo impidan, porque de los que son como éstos es el reino de Dios. En verdad les digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.” (Marcos 10.14–15)
Vivimos en tiempos en que la relación de cariño e instrucción padres-hijos está en crisis. El 2015 el Consejo Nacional de Infancia desarrolló el plan “Yo Opino es mi derecho”, donde más de un millón de niños chilenos fueron encuestados. El estudio reveló que uno de los más grandes anhelos de los niños es “la generación de más espacios de comunicación con los adultos”. Mientras alrededor nuestro, el valor de invertir tiempo con los niños parece una antigua usanza que unos pocos buscan conservar, la Biblia, de principio a fin, nos revela un Dios cuya ternura se inclina particularmente hacia el amoroso cuidado e instrucción de los niños. Esto implica que como individuos y comunidades cristianas deberíamos tomar muy en serio la necesidad de hacer discípulos de entre los más pequeños.
A continuación se ofrecen algunas verdades bíblicas que sirven como directrices de nuestro quehacer en esta dirección:
Los niños necesitan conocer la Biblia
Detrás de la idea de hacer discípulos de entre los niños está la convicción de que la Escritura es clara y contiene todo lo que necesitamos saber para alcanzar la salvación. Esto implica que la Biblia, bien enseñada, es suficientemente comprensible para que aún nuestros más pequeños entiendan que se trata de Jesús como Señor, Dios y Salvador. Si deseamos ver a nuestros niños creciendo en madurez, y deleitándose en la eternidad, podemos y debemos enseñarles la Biblia. Así lo dice San Pablo en 2 Timoteo 3.15-17: Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (apto), equipado para toda buena obra.
El discipulado ocurre en la iglesia
La publicación Intergenerational Ministry apunta a la segregación etária en la iglesia como el gran responsable de la deserción de adolescentes. ¿Quién nos hizo creer que segregarse sería fructífero? La Biblia nos enseña una y otra vez que los niños forman parte de la asamblea cristiana.
En el Antiguo Testamento, el libro de Éxodo nos enseña que mientras Dios comunicaba los 10 mandamientos, “el pueblo” en su plenitud estuvo presente en la asamblea de Sinaí (Éxodo 19.25 y 20.10).
En el Nuevo Testamento Efesios 6.1–3 asume su presencia mientras se leían las cartas apostólicas, y les otorga responsabilidad como discípulos de Cristo (1 Juan 2.13 y Hechos 2.38–39).
Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor, porque esto es justo.
Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa)
Para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra, refiriéndose a Vida Eterna con Cristo.
Si deseamos discipular a nuestros niños, necesitamos ayudarles a cultivar relaciones heterogéneas que les permitan sentirse parte de nuestra comunidad local.
Los padres padres son los responsables de discipular a sus hijos
La Biblia enfatiza la responsabilidad paterna en el discipulado de los niños. El Antiguo Testamento refleja esta realidad en medio de su gran evento de salvación (Éxodo 13.7–8, 14), y también frente a la entrada de Israel a la tierra prometida en Deuteronomio 6.4–7: “Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. “Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. “Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.
Y el Nuevo Testamento continúa urgiendo a los padres a tomar la responsabilidad de la crianza “en la instrucción del Señor” de los niños en Efesios 6.4:Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor.
Los discipuladores necesitan adaptar su enseñanza
Nuestro empeño de discipular a los niños debe incorporar una intencionada adaptación en la forma de enseñar con el fin de ayudarles a entender. Y esta práctica radica justamente en la doctrina bíblica. Es la Biblia que nos enseña que Dios se auto-limita, se acomoda y simplifica con la intención de revelarse a Su pueblo. A esta realidad se le llama la doctrina de la condescendencia de Dios. El Nuevo Diccionario de Teología describe la condescendencia de Dios en estas palabras:“Dios nos habla de una manera apropiada a la capacidad del oyente, como un padre que se dirige a un hijo pequeño, o a un maestro con un alumno joven“.
El Antiguo Testamento nos revela la ternura con que Dios se adapta al relacionarse con Su pueblo para revelarse; frente a Moisés en la zarza (Éxodo 3.1-6), y frente a Israel en la nube y la columna de fuego (Éxodo 13.21).
El Nuevo Testamento refuerza nuestro entendimiento de la condescendencia de Dios cuando afirma que nuestro entendimiento actual es solo un reflejo de la realidad que disfrutaremos en el cielo (1 Cor. 13:9–12).
CONCLUSIÓN
El discipulado de los niños es parte del gran encargo que Cristo mismo le ha hecho a Su pueblo. Al oír la gran comisión (Mateo 28.18-20) debemos escuchar nuestro llamado a hacer discípulos de Jesús entre los niños, de manera que en cada una de nuestras Congregaciones busquemos obedecer al Señor dentro de las directrices propuestas por Su propia Palabra:
Enseñándoles la Biblia.
Integrándolos a la vida de la Iglesia.
Animando y equipando a los padres para tomar a cargo el discipulado de sus hijos.
Esforzándonos por enseñarles de maneras comprensibles para ellos.
Sea cual sea el sistema de discipulado que adoptemos en nuestras familias y organizaciones, debemos siempre reconocer sus debilidades, y trabajar arduamente por suplirlas. Si así lo hacemos, estaremos trabajando en beneficio de la vida actual y eterna de nuestros niños, les ofreceremos relaciones de cobijo y amistad en nuestras Congregaciones, fortaleceremos sus relaciones más formativas (con sus familias), y les permitiremos entender que nuestro Dios actúa tiernamente en los detalles del mundo que ha puesto frente a nosotros.
Padres y maestros: Mientras vivimos recordando que nuestro Señor es quien nos ha enviado a hacer discípulos de nuestros niños, recordemos también su promesa: Él, quien tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra, estará con nosotros animándonos, fortaleciéndonos y capacitándonos día tras día, hasta el fin. Mientras nos esforzamos en traer a los niños a la fe en Cristo, recordemos nosotros también confiar y depender de Él en oración.





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